SURCOS DE TIERRA Y PIEL

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EDITORIAL EL CANDIL. 2005

PRÓLOGO

Surcos de tierra y piel es un precioso libro de poemas (toledanos, diría yo con adjetivo) que sorprende al lector por su frescura, su naturalidad y la conciencia asumida de la tierra. es tan sólo un solar el que canta el poeta: el solar de su vida y el de su soledad compartida. Qué bien lo sabe decir, desde su primer poema, “Valle del Gévalo”:

Una marca, la sombra de una mueca:

leve huella de roquedos y arcilla

fruncida sobre el alma toledana”.

Y ahonda más, mucho más todavía; a este buen castellano de Toledo no se le olvidan los nombres, y hace más; los pregona:

Es Robledo del Mazo, por su nombre

el mencionado pueblo conocido  

y hermanados al mismo porvenir

con cuatro más conforma un municipio.

 

Concediéndole al. valle sus siluetas

sobre la cuenca se halla Las Hunfrías,

también Navaltoríl, y en la montaña

reposan Robledillo y Piedraescrita.

En su deleite, abunda la descripción humana, el paisaje, el paisanaje -a decir de Unamuno-:

Es una mano el valle: cinco dedos

como cinco ternuras de alabastro,

cinco pequeñas huellas de sudores

le dan vida y latido con su tacto.”

 

¡Magnífico! ¿No lo han notado Vdes.? Así se van sucediendo uno y otro poema, hasta los 26; en tanto el autor trata de mantenerse al margen, anónimamente anónimo -deiptico, diría yo-. Pero, al final, se denuncia, con cierta melancolía:

yo diviso las fincas

de estas arcaicas tierras                            

dejadas al destino

del matorral expuestas    

y descubro los ecos

de una infancia dormida

que ha sido desvelada

para hacerse poesía.”

Esa infancia dormida, desvelada, y que siempre recupera toda vez que regresa a su tierra, es la que le hace escribir en tercera   persona, como el niño aquel que fué, en la escuela de Robledo del     Mazo, soñando con escribir estos poemas.

El autor no se cansa de evocar, y no ve con buenos ojos el cruel y avasallante progreso. Y así, compara al nuevo puente (“cuerpo de cemento, alma de ferralla” ) con el viejo puente ( “eres arco de roca, eres legado” ). Y eso mismo refleja en “Abandono” -que podía haberlo llamado “Emigración”, refiriéndose a las labranzas abandonadas:

Es su interior un sucio sedimento

de soledad dormida en los rincones,

y espesas telarañas

en restos de jergones.”

 

¿Naturaleza viva? ¿Naturaleza muerta? ¿Cual es la verdadera? ¿Cual está viva y cual está muerta? ¿La de las casas del pueblo “visitadas a intervalos del tiempo”, o la del piso alquilado o comprado en la ciudad geométrica y -paradójicamente- desértica? ¿Es éste aquel paraíso que soñábamos en la infancia, sin saber apreciar lo que teníamos, tan solo por tenerlo? ¿Dónde están nuestros ancianos de boina y de bastón, traje de pana y manos de raíces, cuyos consejos eran la palabra de Dios? Ahora están en residencias de la Tercera edad, mirando abobaditos cualquier cosa que echen por la tele; mientras, para sus adentros, piensan que ya habrá florecido el romero, que ya debe ser el tiempo desiega, o que tal será la cosecha de aceitunas este invierno. Las ancianas coserán tapetes y peuquillos, sabiendo que sus hijas ahora compran todo eso en grandes almacenes -aprovechando saldos y rebajas- o en “boutiques” de moda.

Quienes lean este libro -quizás demasiado

breve, por lo enjuto-, podrán   sensibilizarse

ante la áspera hermosura del roquedal y la   jara, del riachuelo chiquito, los aires suspirados, el olor de la lluvia entre las zarzamoras, y unos pájaros, cantores del alba, prestándonos las alas de la infancia. Por esos el autor titula a su último poema: “Nostalgia sin herida”; y finaliza el poema “Hijos del campo” con estos versos:

“llegan buscando aromas ancestrales

al susurro del bosque solitario,

a la fuente perpetua de la vida,

al corazón nativo del pasado,

cual retoños que acuden a la madre  

y se sienten dichosos a su lado.”

 

¿Saudade toledana? Quizás melancolía.

Francisco Fdez. Martí.

Algunos Poemas:

EL PUERTO DEL MAZO

Mirador de pedrizas y de cielo.
Águila inmóvil, oteando el valle.
Extenso ventanal sin celosías;
Hondonada entre cumbres: paso y talle
de las montañas ásperas que miran,
bajo sus pies, los tejados y calles.

Mirando a Piedraescrita
cual alcotán en vuelo,
en atmósfera sobria, silenciosa,
el aire se relaja placentero.

La luz es plenitud, tiene sonrisa
humilde, transparente, campechana;
y la mirada abarca la extensión
de un verde abrazo oval, sin arrogancias.

Mirando a Piedraescrita todo el valle
es el cálido cuenco de dos manos,
no de sedas o afeites cortesanos,
sino recias y austeras: naturales.

LAS CORTINAS DEL ALBA

Cada aurora, despierta en la ciudad
de golpe, ferozmente insolidaria:
golpe de timbre, de claxon… y el sonido,
rayano en pesadilla, de las máquinas
inquietas que recorren
con perpetuos ronquidos la calzada;
otras, en el subsuelo, serpentean
engullendo las dormitantes masas,
regurgitando seres invisibles,
de asidua indiferencia cotidiana,
que caminan metidos en su concha
llevando eco de prisa en sus pisadas.

Pero en la vieja cuna
que forma estas montañas,
en el Valle del Gévalo
y sus pueblos de calma,
hay una mano dulce deslizando
las cortinas del alba
entre ecos de lides incruentas,
disputa de gargantas
nacen de los corrales,
lentas horas quebradas
por el quid quisquilloso
que los gallos propagan.

En las tirantes alas de los cables
que esparcen sangre eléctrica a las casas,
coronando las tejas encimeras
de las arquitecturas sosegadas,
las golondrinas pugnan en coloquios
sin turno de palabra.

Como frágil columna de ondas tenues
el humo de las casas se desplaza,
se torna horizontal y se adormece
al abrigo que prestan las montañas.

Un rumoroso efluvio de rebaños
se dirige, sin prisa, a las coladas,
tercamente, a su paso digeridas;
tenazmente estriadas por las huellas
de ovejas y de cabras.

Esta tierra destila algún brebaje
extraño que me embriaga
con la paz rumorosa del paisaje
y el tranquilo fluir de sus jornadas.

BAJO SU SOMBRA

Tu abrazo circular de oscuras hojas,
encina centenaria, junto al río
regala fresca sombra en el estío
al sobrio secarral que te acongoja.

Brindan tus ramas amplio caserío
a las inquietas aves que se alojan
y si el viento te agita se me antoja
tu plenitud las velas de un navío.

Un bajel que navega en desafío
de la tala, del rayo, de la hoguera..
junto al cantil estéril y bravío.
Encina sorprendente, yo quisiera
que en un tiempo futuro, bien tardío,
sigas estando verde y altanera.

UN VUELO SENSITIVO

Cual grandísimo saurio dormitante
las cumbres se distienden
en una suavidad de ondulaciones
que la vista recorre a leves saltos.
Un conjunto de lomas y explanadas
salpicadas de encinas
o de olivos en formación perfecta
cual desplegadas tropas de gigantes,
asientan sus dominios,
ocupando collados y declives,
hasta las huertas de Belvís o Alcaudete
extasiadas de luz, y allí la tierra
-anárquico tablero de ajedrez
con peones de hortalizas,
alfiles de verduras
y caballos de los motores diesel-
luce el vivo color de las apuestas
que juega contra el tiempo el hortelano:
matices de la vida
de un lienzo entretejido
con aromas y frutos desiguales,
donde la voz, sin eco, se diluye
entre el grito inflamado
surgiendo desde el vientre de tractores
o la canción del agua arrullando la tierra.

ABANDONO

La mitad de sus muros
perecen torturados
por el guante de zarzas que les medra;
otra parte desnudos,
abiertos, desconchados,
dejando ver el alma de las piedras.

Las quebradas ventanas,
de sus goznes ya todas desprendidas,
se estremecen cual hojas
en manos de la brisa.

Es su interior un sucio sedimento
de soledad dormida en los rincones,
y espesas telarañas de misterio
abrazando los restos de jergones.

Las losas de un hogar ennegrecido
-pedestal evidente de Vulcano-
recuerdan buenas migas con tocino,
gratas tertulias con la lumbre al lado.

Salpicado con lágrimas de cera,
duerme anteriores llantos
un canto-palmatoria sin su vela.
Un candil oxidado,
un puchero con restos de manteca,
fragmentos de una hortera carcomida
y unos cuantos murciélagos, alberga
la ruinosa labranza en el silencio
de su figura enferma.

PEQUEÑO RINCON DE AUSENCIAS. (Al antiguo cementerio de Robledo)

Atenazando sueños,
trayectos sin jornadas,
evocando suspiros
o márgenes de lágrimas,
cubriendo las ausencias
con signos de esperanza,
alternan su silencio
de inhóspitas corazas
con júbilos de luz.

Un salmo de colores,
de aromas un concierto,
en el sobrio recinto
se difunde discreto.
Latidos de colores
enternecen los pétalos
con policromos seres
pintados en el viento.
Trinos de amor esparcen
sus cálidos requiebros
y quimeras aladas
retozan con estrépito.

Después todo se quiebra
sometido al silencio
cuando la lluvia: gozo
para el ciprés señero,
golpea sobre lápidas
(y allí un tic-tac sin tiempo)
rememorando el llanto
de algún adiós eterno.

AGUA Y VERSO

Donde el henchido pecho
erguido y consistente de la roca,
en las altivas cumbres
con un hueco de senos se desdobla:
progenitor: El Talayón, a un lado,
de figura orgullosa…
Sierra de Sevilleja, como madre,
y el Collado las Lanchas por matrona,
surge un retoño de ala cristalina
liberado de celajes y sombras.

Ya rueda sigiloso
por tersos toboganes cincelados
en las azules lanchas,
o corre, cual retoño de venado,
dejando entre las piedras
ligeras contorsiones, breves saltos,
semejantes a una fiesta de espumas
que el anima, danzando
un vals de rumorosas caracolas…
De luna disfrazado
con paso alegre trota
cual si fuera un muchacho
detrás de una pelota.

Por juego Las cho
rre
ras
le ceden trampolines para el vuelo,
y brinca, resonante, sin barreras,
una estela de escarcha,
un cometa de espejos…
entre la fronda de quejigos y brezos
el agua pone voz a un escenario
con butacas y palcos de silencio.

Después de tanta gloria
un muro de cemento…
Y esclava, sometida por los tubos
que la llevan al pueblo,
constreñida de sombras
-despojada de verso-
el agua es un hechizo para el beso
sediento de las bocas.

TARDES DE FUEGO

Surtidor de géiser,
un llanto muy lento,
vierten, sin descanso,
los poros abiertos.

Desde la mañana
esparce ya el cielo
crisoles al campo.
Candentes flagelos
agrietan los surcos
húmedos del huerto.

Se agotó el latido
de muchos veneros.
Las aves se posan
buscando en el suelo,
bajo la alameda,
la sombra del velo.

La mente es un pozo
de frescos recuerdos.
Se enerva la vida
de puertas adentro,
momentos de siesta:
laxitud, silencio.

Quebrando la tarde
vibran en el campo
tenaces insectos:

roces redundantes,
riman las cigarras
rápidos rasgueos.

El viento se inflama
blandiendo tormento
¿En qué fragua forjas
tu voraz aliento
que solo soportan
algunos insectos?

Tibios manantiales
-rocío en un desierto-
sin consuelo vierten
los poros abiertos.

Rasgando la distancia, sin detalles,
donde el camino trepa sobre un cerro,
difusas siluetas familiares
se acercaban al pueblo.

Jardín de gratitud en la mirada,
al ámbito del cielo
la abuela alzó sus ojos elocuentes.
Su mano acariciando la medalla…
Y expresaban sus labios, en silencio,
la sonrisa de un gesto confidente.

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