OJOS QUE NO SONRÍEN (Bestiario)

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EDICIONES BOHODÓN  2007

PRÓLOGO

Primitivo Oliva Fernández me ha sugerido que le haga una Introducción para su original libro titulado “Ojos que no sonríen” (Bestiario) y esta palabra entre paréntesis me ha hecho recordar inmediatamente el libro de cuentos de Julio Cortázar con igual título en el que desarrolla unos cuentos preciosos y agarradores, de esos que a muchos de los que estamos convencidos de la existencia de vida inteligente en otros astros, nos fascinan tanto, como el titulado “Acuario”, donde el autor-protagonista, visitaba aquella pecera gigante a través de cuyo cristal se comunicaba con un extraño y pequeño ser acuático allí embotellado, en espera de que él mismo, confidente diario de su prisión, lo liberara de aquella “redoma encantada” en la que el Supremo lo había encerrado en espera indefinida de la llegada de su redentor. No había conversación oral entre ellos (no podía haberla); pero su mutua comunicación metafísica era más que suficiente para que ellos se entendieran sin el artilugio humano de la lingüística, tal y como suponemos que lo hacían los primitivos y limitados homúnculos, y como lo hacen los posibles y supercivilizados habitantes de infinitas y remotísimas galaxias extraterrestres.

Llegando a la época contemporánea, nos basta con abrir el cuento “Platero y yo” de Juan Ramón Jiménez, que en un plano de elevada poesía, cuyas metáforas hay que meditar bien para comprender la simbiosis química que hace del reino animal para despertar la sensibilidad perdida del hombre (¡no así de la mujer!) para admirar y respetar a este ” burrito pequeño y peludo”, en primer lugar, y con los que se va cruzando en el camino, incrustados en su propio cuerpo: “los espejos de azabache de sus ojos tan duros como dos escarabajos de cristal negro; “Diana, la bella perra blanca que se parece a la luna creciente, con la vieja cabra gris, y pasando hojas, “las mariposas blancas”, “el canto del canario verde”, “las encendidas telarañas celestes, rosas de oro”, “el cascabel libre del grillo”, “el perro sarnoso”, “los gorriones”…Y, como siempre, la “hermana muerte”, que  vuelve  a llevamos  de la mano: a  ellos, los brutos,  sin darse cuenta,  como los  niños;  al hombre,  temblando  de miedo  sin saber lo que le espera.

Pero dejémonos de digresiones y entremos directamente en el  mundo  de  la  fábula,  que  no  otra  cosa  es  el libro del  amigo  Primitivo.

Y, si  de  fábulas  se  trata,  no  podemos  dejar  de  desempolvar  los nombres de} Esopo, Fedro, del francés Lafontaine y los españoles, Iriarte  y  Samaniego,  inseparables  como  colegas  contemporáneos que fueron y siempre presentes en las numerosas y repasadas ediciones de sus fábulas, desde cuya cátedra sencilla y didáctica han supuesto una parcela importante en la formación de todas las generaciones que les sucedieron, si se exceptúa un tanto en la época actual, en la que no sabemos si por causa de los mismos enseñantes que ya no sugieren memorizarlas a sus discípulos, o a éstos, precisamente, que las abandonan en el archivo del disco duro del ordenador, que como este adjetivo destaca, lo pasan de largo por considerarlo poco atractivo si no aburrido, pese a que en las fábulas de Iriarte es constante la evocación musical más o menos precisa, prendida a veces en lo onomatopéyico o en lo ornitológico, que también alcanzaba un blanco más directo y agudo; (que esto sí es apreciado por los jóvenes que, en la actualidad, compiten como compositores de músicas extrañas con el soporte de unas letras que causan vértigo en nuestros oídos). Mencionando nuevamente la delicadeza de Juan Ramón Jiménez en el material zoológico de su libro, la poesía-fábula, que va encabezada con el título El burro flautista nos deja entrever claramente la moraleja de aquel hecho descrito por Iriarte con tan lúdico gracejo. El fabulista Samaniego se movió en la misma zona pedagógica-literaria que don Tomás de Iriarte. Juzgando Menéndez y Pelayo, en su Historia de las Ideas Estéticas en España, el mérito comparativo de ambos escritores como fabulistas.

No es lo mismo en el conjunto de descripciones que Primitivo lleva a cabo  en  su  libro  “Ojos que no sonríen”:  en  él  no  se  trata  de  las  sencillas y pegadizas estrofas que los fabulistas con las que trataban de enseñar jugando a los niños,  principalmente.

Aquí, los versos cuajados de frecuentes metáforas y otras figuras del lenguaje, nos hacen pensar en términos generales, en el Luís de Góngora, que hay que releerlo varias veces , aun en sus romances y letrillas más sencillas para lograr entenderlo. (Y no hablemos ahora de sus largos poemas: El “Polifemo” y las “Soledades”, que tanto irritaban a los polémicos poetas de su tiempo y aun posteriores, que nunca   los  entendieron.  Tuvo   que  llegar   el  paciente  y  cultísimo Dámaso Alonso para que nos los tradujera al castellano como si hubieran sido escritos en un idioma extraño y enrevesado.)

Otras veces, se trata de unas escuetas descripciones, realistas y fantásticas a la vez, de los mismos animales, como la que encontramos en cuanto se abre el libro: “Águilas”; en la página siguiente, el propio título del poema, “Cochina existencia”, sarcástico de por sí y en la espera de que va a hablamos de la perra vida con que solemos comentar los humanos nuestras contrariedades, resulta que, por referirse al género porcino, es a éstos a los que termina diciéndoles: “Vuestra (apestosa) vida no le interesa a nadie, pero después de muertos se os alaba. ” Claro que la moraleja, aunque brilla por su ausencia, inmediatamente el lector va a deducirla para aplicarla a la falsedad y egoísmo humanos.

Contrasta con esto, la bella y auténtica descripción que a continuación hace del “Corderillo” que alguien que conoce bien la dehesa la ha vivido de niño, sin necesidad de recurrir a casi todas las bellas artes, inclusive a las imágenes televisivas para enternecerse con los múltiples episodios que adornan a este animalillo.   “La Rezadora”  y  “De fría sinuosidad” son símbolos, por el contrario, de la agresiva astucia inesperada que, tanto la mantis religiosa como algunos reptiles, venenosos y desagradables, ocultan en sus entrañas para su supervivencia.

Me  ha  gustado  especialmente  el final  del poema  “Tortugas”, cuyo breve  romance  termina con  estas  2 líneas:  “Mas  nadie  dice  que tengan /  un  corazón  de cemento “.  Y  es  que  las tortugas, cuando entierran para incubar en la arena de las playas sus redondos huevos, dejan caer unos lagrimones físicos de verdad.

No todo es, pues, repulsión a ciertos animales que el poeta ha incluido en su libro para activar la meditación de los lectores; sino que, de cuando en cuando, presenta composiciones que despiertan su hilaridad, como es el caso del “Canguro”, o la lástima del perro “Abandonado”, romancillo de rima libre. Subrayo esta frase, porque con bastante frecuencia. Primitivo recurre a esta estrofa, siempre grácil y alada, para destacar bellas situaciones poéticas humanas.

Todo ello combinado con impecables estrofas de rima asonante y consonante, en ocasiones discontinua, de que hace alarde el autor de este libro, tan hermoso y aleccionador: no hay más que leer, al principio, el soneto de antología, dedicado al “Cangrejo” que, por tratarse de una alegoría, no hay una sola línea en la que no aparezca alguna metáfora adecuada y alusiva al mismo tema.

Ritmo especial posee su poema “Junto a la charca”, digno de constituirse en la letra de una canción que llegara a las manos de un compositor musical inteligente; así como “El oscuro solista de los prados” a las de un rapsoda que se precie de su arte.

Dejo ya solo al lector para que compruebe por sí mismo todo cuanto venimos diciendo acerca de esta interesante y original      creación. Yo tuve la paciencia de hacer una adaptación en verso del Quijote de Cervantes. Si alguien aparece ahora para prosificar estos magníficos versos de Primitivo Oliva Fernández, es posible que aparezca un nuevo Juan Ramón Jiménez que nos deleite con otro cuento parecido al que él adaptó siguiendo los pasos de Rabindranath Tagore.

 José Veliz Domingo

Algunos Poemas:

ÁGUILAS

Abren dedos al aire,
se afianzan
sobre las barandillas de los cielos.

Ascienden las vertientes de la brisa
y suben a las crestas de los vientos
yendo de remolino en remolino,
coronando los vértices etéreos.

Las estrellas sin luz tocan el cenit.

Desde las atalayas de su reino
son vigías de naves estelares,
quillas hechas al roce de los vientos.

AL CANGURO

¡Que ya sé donde guardas la cartera,
la radio, el video y el candelabro
de plata que me regaló la abuela!
¡A pesar de que tienes cortos brazos
te hiciste sospechoso a la primera!

No brinques más, y deja ver el saco
-igual que las holgadas faltriqueras
de las viejas gitanas del mercado-
que escondes al calor de tus caderas,
¡gigante saltamontes australiano!

CORDERILLO

Tu pulcra y primorosa vestimenta
de suaves pliegues y sedoso tacto.
Tu voz cascabelera y quejumbrosa.
La blanca espuma de tu tibio manto.
El placer con que tomas de los dedos
las frescas hojas y los tiernos tallos.
El gozo de tus juegos persistentes.
Tus ojos tristes, tímidos y mansos.
La ternura que infunde tu presencia.
La calidez que tiene tu contacto.
La mullida experiencia de abrazarte.
Tu latido durmiéndose en mis brazos…

LA REZADORA

Ora la “Mantis” por el pan del día,
la víctima propicia requiriendo…
Para qué religión, por qué precepto
en la hierba su cuerpo mimetiza
y ejerciendo de cruel sacerdotisa
eleva sanguinarios pensamientos,
quién sabe a qué secreta idolatría

En el templo del campo, la eremita
figura de expresión fosilizada,
entiende que ese culto y su plegaria
será el visado a la carnicería
que por sus propias manos se prepara,
y llevando al exceso la doctrina
hará del sacrificio negra misa…

¡Feliz celebración, devota dama!.

TORTUGAS

¡Qué las piedras se desplacen…!

Y las piedras se movieron.

Es cierto que con un ritmo
afanosamente lento
y verdad que se parecen
a rocas, por su silencio.
Ellas, igual a las peñas,
pasan yertas el invierno.
Razón es que, bien mirado,
muestra solidez su aspecto.

Mas nadie dice que tengan
un corazón de cemento.

CANGREJO

Aunque nombrado fuiste caballero
y provisto de contundente maza,
y tu cuerpo dotado con coraza,
nunca serás, con eso, buen guerrero.
Ni llegarás al frente tú el primero;
pues tan sólo te mueve la amenaza
de ver que alguien intenta darte caza,
para mover con ánimo el trasero.
Escapar es tu táctica precisa
y en la lucha, ocultar, bajo unas rocas,
el sonrojo cobarde de tu prisa.
Degradado por ello y sin camisa,
temerás cada año a muchas bocas
durante algunas fechas… ¡Se te avisa!.

COCO-DRILO

Total…, por ser distinto
y tener ese tipo extravagante:
Arrastrar por el suelo tu estructura
teniendo patas para sostenerla.
Deslizarte hábilmente por el agua,
no siendo anfibio, pez o calamar.
Ser verde y no ser rana ni nenúfar,
extenso y escamoso sin ser leño,
y, sobre algunas cosas sorprendentes,
que te privan ser “miss” de las lagunas,
esa boca de abrir calabacinos…

¡Qué atrocidad de dientes mal dispuestos!
No intentes sonreír. Te falta encanto
para hacer amistad con las personas…
Pero… ¡es que tu belleza es ser así!,
y si no fuera porque son horribles
alguna de las cosas aquí dichas
podríamos abrazarte, aunque ahora
sólo será posible en otro verso.

ESCORPIÓN Y CABALLERO

Por las patas araña, por el cuerpo
ved un cangrejo de enfermiza estampa.
Ved un centauro: caballero andante
por las nocturnas páginas del campo,
en busca de aventuras solitarias
y la púa de mi lanza siempre alerta
a ensartar el talón del imprudente…
Sé que sólo con verme se producen
sensaciones de hielos en las venas
y que suelo morir en la disputa
cuando la lucha se hace con humanos;
mi victoria es dejar como recuerdo,
vengando la violencia del verdugo,
la hiel de mi aguijón entre su carne.
De mí el averno debe estar colmado
-no en vano temo al frío y amo el calor
intenso que acumulan las solanas-
y allí, con más insectos ponzoñosos,
seremos los juguetes del gran diablo.

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