EL PESCADOR DE SUEÑOS

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EDICIONES BOHODÓN  2010

PRÓLOGO

Glosa a un Poemario marino

Cuando alguien me pide que opine sobre un poemario, me asalta un vértigo incontrolable; es como si me dejaran al borde de un abismo y me dijeran: ¡salta! Tú puedes volar.
En mi fuero interno sé que sobrevolar versos ajenos es como navegar sin timón. No deja de ser un acto idéntico a sí mismo el de navegar o, lo que es lo mismo: escribir lo propio, o leer lo que otro escribe no deja de ser una singladura por el misterioso mundo de la palabra. Navegar es siempre navegar. Pero echarse a la Mar sin timón es navegar a la deriva.
Por eso tardo tanto en lanzarme al espacio y cantar mi propia melodía sobre el pentagrama previamente trazado por manos ajenas a las mías.
Cuando Primitivo me pidió que comentara su Poemario, volví a sentir que la tierra temblaba bajo mis pies.
¡Cómo –me dije- vas a tener la osadía de dejar signado lo que piensas y sientes! Y es que una cosa es echar a volar dos o tres palabras al aire, al hilo de esas lecturas nuestras del Café Gijón, y otra muy distinta es dibujar gaviotas sobre acantilados desconocidos sabiendo de antemano que sólo el creador de gaviotas pudo insuflarles la facultad de volar.
Pero a Primitivo no le podía negar lo que me pedía. Es él un hombre demasiado sencillo, demasiado abierto a cualquier golpe de mar, demasiado generoso en sonrisas como para decir no, y poder seguir andando.
Dije sí. Y no me he arrepentido.

Su Poemario está tejido como se tejen las redes: con la holgura exacta para atrapar el copo, (con las palabras justas para atraparnos sobre un escritorio) pero con la transparencia propia de cualquier marinero de cualquier puerto de cualquier lugar del mundo, sentado a la mesa de una taberna que huele a putas amorosas y a brea sin desbravar.
Quiero decir que los poemas de Primitivo son auténticos lobos de mar vestidos de domingo: aparentemente sencillos, afables y sin complicaciones, pero llenos de imprevistas tempestades que, sin restarles suavidad al decir, acaban tiñendo la sencillez de profusos coloridos sacando de las sentinas toda la carga de un largo viaje por el mundo de lo sensitivo.
Bien es cierto que los colores de la poesía de Primitivo se acercan más a la honestidad simple de un cuadro de Murillo que a los inquietantes y seductores “esfumatos” de Da Vinchi; pero ¿quién podría elegir a primera vista entre los ojos viajeros de una Inmaculada de Murillo o los misterios por descubrir de la Gioconda?
No hay en los poemas de este Escritor de ingenuidades matices confusos. Primitivo va directo al corazón; sin contemplaciones. Lo que pasa es que lo hace sin titubeos; con una forma de andar/decir tan vacía de lo innecesario que acaba convenciendo más allá de las conspicuas reglas de cualquier movimiento poético.
Primitivo es incalificable. Quiero decir que no se le puede poner un sello de pertenencia a una escuela o a un tiempo determinado. Y quizá sea esto lo que acaba por convertir su poesía en inmemorial: porque tiene la sencillez de un cuaderno de escuela de grado y el preciosismo gótico de esos alumnos que nunca tienen prisa por acabar un trabajo si en ello les va dejar caer una gota de exageración que acabe emborronando su trabajo perfectamente pautado y delineado.

Quizá haya quien diga que le falta espontaneidad, que recurre demasiado al “pétalo”, a la puntuación gramatical, a las composición clásica o a las rimas exactas –tan mal vistas por los poetas actuales que hacen de la cesura y el encabalgamiento sus propias reglas sintácticas-, o que permanece encorsetado en la costanera, sin dejar que corra la brisa de tierra adentro.
Para quien así piense, sugiero que se detenga en la abundancia de “versos blancos” que tratan de pasa inadvertidos en el conjunto del Poemario como si estuvieran fumando en lugar prohibido.

Es éste un animal marino que perecería, sin duda, en cuanto respirara la dureza del terral.
Es lo que es: un corazón en carne viva, lavando sus heridas con saliva y agua marina a falta de sofisticados antibióticos, y secando a sol sus cicatrices inmemoriales.
…Y no la toquéis más: así es la rosa…
(Que diría el Poeta)

Mª Socorro Mármol Bris

Algunos Poemas:

LA INFANCIA

LA MARCA DEL DESTINO

Una concha por cuna,
y de canción de nana
arpegios de las olas
con sonidos de espuma
arrullando ventanas
o el susurrante tono
que alguna caracola
a su oído derramaba
en tiempos candorosos
de asombro en la mirada.

Mucho antes a ese agua
de símbolo cristiano
que se hizo ritual
sobre su delicada
cabeza de azahar,
estaba ya trazado
bajo su piel, quizá
con forma de tatuaje,
el rumbo inalterable
de una vida en el mar.

Antes de que a su lengua
dieran —cristal de llanto—
la sapidez intensa
de mares agostados,
y cubrieran su cara
con los blancos encajes
que bordan, garzo y plata,
las ondas en el aire,
tuvo la mecedora
acogedores ritmos
de barcos en el agua
—cadencia de gaviotas—
definiendo el camino
que transitó su infancia.

EL MUNDO EN TI

Goza, niño, libando del ensueño
que da vuelos al alma pajarera,
para llegar a un mundo sin frontera,
sin condiciones, prohibición ni dueño.

Es tu victoria transitar risueño
el reino del embrujo y la quimera
¡Que el trigo ha de tener su primavera
y luego madurar!, mi ser pequeño.

Si la efímera gota del rocío
guarda un sueño de mar dentro de ella
¿Quién romperá los tuyos, niño mío?

Al dulce rostro un éxtasis lo sella
y es más puro su tierno desvarío
que la luz de la más hermosa estrella.

ALMA DE MARIPOSA

Observadlo así…
¡Quietos!,
no quebrantéis su silente pureza.
Dejadlo franquear el sutil velo
que cubre la consciencia,
en un libre trayecto
al mundo sin fronteras
donde moran utópicos misterios.

Observadlo así: quieto.
En el suave letargo que libera
la inmaculada mente
de la meta que fija el reglamento.
Percibid en su rostro el dulce gesto
que su ensueño modela,
la sonrisa inocente…
¡Qué hermoso su silencio!

Dejadlo que se invente
un reino sin corona,
sin límites, ejércitos ni leyes,
donde las nubes tienen amapolas,
de almíbar son los lagos,
y vuelan las carrozas
tras corceles alados…

Dejadlo navegar entre las olas
de su hermoso delirio
y no eclipséis el viento de la aurora
que da velas al niño.

EL AMOR

ENTUSIASMO

No importa si exagero
la belleza en su rostro
¡ Tantos orfebres antes
le dieron vida al oro !

Y menos si comparo
la huella de su pelo
con las hebras de seda
de satinados velos
¡ Son tantas las facetas
que a un diamante le hicieron
para que refulgiera
igual que los luceros !

El brillo en su mirada
no importa si lo invoco.
¡Por amar las estrellas
a cuántos llaman locos!

Y qué puede importarme
si juzgan que diseño
con pétalos y brisa
los rasgos de su cuerpo
¡ Tantas figuras forman
las nubes en el cielo
y nadie les pregunta
por qué dibujan sueños!

ANDAR EN CÍRCULO

Ella podría eclipsar la sonrisa de modo
que su rojo destello no ilumine los días,
poner en su mirada broqueles de cortinas
por ocultar las gotas de su almíbar redondo.

Yo podría construir una pared de rocas,
creada con silencio de expresión engreída,
e intentar alejar las alondras festivas
que le cantan edenes en la hiel de mi boca;

y también, cómo no, olvidar que deshojo
margaritas de fuego en ese mar de bruma
que empuja la alborada dejando testimonio
de rocío en las flores, por limosna nocturna.

Pero nunca sabré evitar que a su encuentro
en la mirada de ella se fundan mis pupilas,
y quizá nunca pueda evitar que el silencio
me repita su nombre en la aurora indecisa.

ANCLADO EN TU BAHÍA

Oigo decir “AMOR” y me avergüenzo
de que llegue, de forma tan osada,
que, agitando sus ondas arboladas,
atraviesa los diques de mi puerto.

Apenas te conozco y en el pecho
se ha inflamado una llama sin ceniza
que alborota la sangre con su prisa
por hallar el jardín de tus secretos.

Apenas te conozco y sólo pienso
en lirios que hacen limpia la palabra,
en dos ojos: igual que lagos de agua,
o amapolas, sonrientes en su gesto.

Casi no te conozco, pero es cierto
que estando junto a ti sobran preguntas
pues se siente la imagen impoluta
de haberte ya querido mucho tiempo.

Abandera mi barco, que si el viento
lo distancia de ti sus travesías
acaben fondeando en tu bahía
y sólo nos desuna un mar eterno.

EN LA MAR

LEVADAS LAS ANCLAS

La costa es una ausencia tallada en la retina
que transformó la bruma en ilusoria línea.

Disuelta con el eco de tu última mirada
reparo en la belleza del sol en lontananza:

La idéntica figura de un corazón enorme
sucumbe con la tarde, igual mueren los hombres.

Poco a poco concluye la espacial agonía
y una ciega caverna se abre a su despedida.

La soledad se llena de múltiples latidos
que empiezan inquietando y acaban siendo amigos.

El tiempo no se tasa con segmentos afines
se dilata o marchita según como lo vives.

Se va la luz y nada perturba el sentimiento,
ni trinos de las aves, ni revolar de insectos,

sólo un pecho gigante lleno de corazones
latiendo unisonados al filo de la noche:

el motor de la nave, la batiente del agua
y el que agita la sangre con perenne constancia.

Olas y reflexiones coinciden en llenar
mis ecos interiores bajo la oscuridad.

La paz de tu presencia construye el pensamiento
mientras las manos toman labor entre aparejos…

Cuando amas no te sientes completamente a solas,
tu corazón y mente están con quien añoras

y puede haber más voces sitiado de silencio
que en todas las gargantas y lenguas de los vientos

MIGAJA I

No tengas ningún temor
al abrazo del silencio.
El silencio es una voz
que siempre está susurrando
cosas en tu corazón.

TÚ ERES MI SALVAVIDAS

Los nublados tatuaban sus siluetas
oscuras en el agua…
Sobre el cénit
un cerebro de pliegues gaseosos
mostraba su ruidosa ofuscación
entre centelleantes pensamientos…

Los míos residían en tus ojos
que siempre tienen luz de primavera…

Una hidra o leviatán agitó el agua
levantando un tumulto de cabezas
y sus miles de fauces exhibían
colmillos de blancura casi hiriente.

En mi boca también una alborada
acompaña el susurro de tu nombre.

El barco era engullido, se escurría
por lenguas escupiendo espumarajos
de fiereza y fruición al mismo tiempo;
era vuelto a expeler:
casi volaba,
cual un muñeco frágil de guiñol
que unido a alguna mano protectora
hurtara a Poseidón ese trofeo.

Cerré los ojos y apreté tu mano
antes de ir a correr por las praderas…

Eolo también quiso ser partícipe
en esa obra de muerte presentida,
y sentado al tapete hizo su apuesta
sacudiendo unos dados con la euforia
de quién se siente vencedor.
Un ruido
de tormenta brotó del cubilete
al agitar los dados del destino;
luego los arrojó de forma enérgica
en la azul superficie:
Negros eran
los signos que mostraba con su risa…

Pero se impuso el rojo, que glosaba
tu nombre en un costado de la nave.

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